Aunque mi cercanía con Firenze era casi nula, mi cabeza seguía llena de ella. Sus decisiones, mis errores, el peso de su ausencia. Durante nuestros primeros años, el magnetismo entre nosotros había sido innegable. Todo fluía con naturalidad, sin necesidad de controlarla. Pero con el tiempo, todo cambió. Me di cuenta de que fui yo quien la alejó de las cosas que amaba, quien le quitó el aire hasta asfixiarla. Quizá pude apoyarla más, facilitarle el camino en su carrera, no dejar que se ahogara e