Había pasado un año desde mi divorcio, desde que Firenze me dejó, y sin embargo, las piezas del tablero de mi vida seguían moviéndose sin que pudiera detenerlas. Mis negocios exigían más que nunca de mí; las jugadas arriesgadas que realicé en su momento seguían pasándome factura y la empresa se tambaleaba en medio de la incertidumbre, mientras mi necesidad de control y poder me mantenía en pie. Sin embargo, algo en mi interior me decía que estaba perdiendo el control de lo que realmente importa