Al ver la silueta borrosa, Lorenzo quiso extender la mano para tocarla, pero detuvo la mano en el aire y sacó del bolsillo un montón de pañuelos limpios.
Se limpió cuidadosamente los dedos, como si temiera ensuciar a Marisela. No se atrevía a tocar el cabello de la chica, solo al final tomó su mano por encima de la sábana.
Lorenzo no se fue, se quedó así de pie durante mucho tiempo.
La quietud de la noche parecía un juicio de reflexión, haciéndole repasar una y otra vez en su mente el respeto y