—Dáselo a quien quieras, yo no lo deseo —respondió Marisela con frialdad.
Lorenzo sentía que iba a explotar de rabia. Miraba fijamente la expresión de Marisela, esa calma y frialdad que tanto detestaba, como si él fuera un completo extraño sin ninguna conexión con ella.
—Si no hay nada más, te pido que salgas. Quiero dormir —dijo Marisela, echándolo.
—Apenas son las diez, ¿qué vas a dormir? —gritó Lorenzo.
—¡Te he comprado un regalo! ¿Qué más quieres? ¡Dímelo!
Marisela retrocedió medio paso ante