Marisela miró fijamente a este hombre enloquecido, mordiéndose los dientes en silencio.
Perro rabioso, maníaco, demente... ninguna de estas palabras bastaba para describir a Lorenzo.
La puerta quedó cerrada con llave, con dos cerrojos adicionales, e incluso Lorenzo se apostó junto a ella, vigilando como un carcelero.
Marisela volvió a su habitación, ignorando a este enfermo mental.
Al verla entrar, Lorenzo se calmó ligeramente. Poco después vio una caja lanzada desde la habitación. Se enfureció,