El secretario realmente estaba empapado en sudor, buscando desesperadamente en los correos si había nueva evidencia que pudiera probar la "inocencia" de la señorita Fuentes.
Del otro lado del teléfono.
Daniel no volvió a hablar, porque básicamente ya había aceptado la realidad—
su hermana era una "amante" despreciada por todos, ella era la parte culpable.
En su mente apareció la imagen de ella con esa actitud cautelosa y cuidadosa, tímida y asustadiza, que ni siquiera se atrevía a mirarlo a los