—¿Y qué hago? Mi identificación y todo está en mi maleta, ni siquiera puedo ir a otro hotel... —dijo Isabella desamparada.
—Ven a mi casa —propuso Lorenzo.
Isabella hizo una pausa y bajó la cabeza con humildad:
—No creo que sea buena idea. No quiero que Mari y tú discutan por mi culpa.
—Ella no tiene derecho a opinar, es mi casa y puede quedarse quien yo decida —dijo Lorenzo con frialdad.
Al oír esto, Isabella, con las lágrimas aún frescas en el rostro, se resistió débilmente un momento más ante