Cuando Celeste recobró el sentido, ya se encontraba en la cama, con el cuerpo fuerte del hombre presionándola, sin dejarle ningún lugar para escapar.
—¡Lorenzo! —exclamó ella.
El beso del hombre se posó de nuevo, pero Celeste había apartado la cara con respiración agitada:
—Todavía no ha llegado el momento que acordamos, no puedes obligarme a hacerlo.
Lorenzo la miró fijamente con una mirada oscura y peligrosa. En realidad, en momentos como este, Celeste sentía un poco de temor hacia Lorenzo. Po