—¿Señor Vargas? ¡Qué honor tenerlo aquí! —aduló el dueño del restaurante, quien llegó apresuradamente con una sonrisa complaciente en su rostro. Al notar la tensión en el ambiente, preguntó desconcertado: —¿Qué ha pasado?
Lorenzo lo ignoró y se volvió hacia Pablo con una mirada afilada, como si lo estuviera escudriñando. Habló con una voz fría, sin prisa:
—Nos vemos otra vez. ¿Parece que tienes mucho interés en Celeste?
—Se… señor Vargas… Todo eso es solo un malentendido… Solo estaba bromeando c