—Sabes perfectamente por qué estuvimos juntos en su momento. Deja de darte aires.
La voz de Lorenzo fue tan cortante que no dejó lugar a réplicas.
Alya, humillada y al borde del llanto, salió corriendo de la habitación.
—Se fue llorando. ¿No fuimos un poco duros con ella? —preguntó Celeste, con un atisbo de ironía.
Lorenzo, con una mirada gélida, replicó: —¿Quieres que la traiga de vuelta?
Celeste sacó su teléfono, hizo una llamada y, tras unos segundos, habló con firmeza:
—Matilda, vigila que A