—¿Qué dijiste? —Isabella frunció el ceño, al principio confundida, pero luego su mirada se volvió fría y desconfiada—. ¿Qué truco está planeando esa maldita de Celeste ahora?
—Tranquila, no vengo de su parte. Te ayudo porque ambas odiamos a la misma persona.
—¿A quién odias? —preguntó Isabella, escéptica.
—A mi hermana, Celeste. ¿No la detestas tú también?
—Detestarla es poco —espetó Isabella, con el odio desbordándose en cada palabra—. ¡No descansaré hasta que esa zorra pague por todo!
Viviana