Celeste levantó la vista y los rasgos marcados y atractivos de Lorenzo se clavaron en su visión.
Sus labios estaban apretados, y su mandíbula mostraba una sombra de barba incipiente. Sus ojos, enrojecidos y llenos de venas, revelaban que hacía mucho que no descansaba bien.
Los ojos de Celeste se agrandaron aún más, y sin pensarlo, lo abrazó con todas sus fuerzas, presionando su rostro contra su pecho y escuchando el rápido latido de su corazón.
¡Era realmente él!
¡No estaba soñando!
—¡Soy yo! Pe