Obviamente, Lorenzo sí escuchó que Celeste lo estaba llamando, pero deliberadamente no le respondió. Podía sentir ese deseo de abalanzarse sobre ella burbujeando en su sangre. Esa urgencia por morderle en los labios y la piel tierna lo asaltaba de nuevo. La mirada del hombre era tan intensa e innegable como siempre. Celeste se sintió un poco incómoda bajo su escrutinio, su rostro sonrojándose aún más, aferrándose con fuerza a la toalla, toda tensa. Tartamudeando, le preguntó:
—¿Podrías llamar a