—Señorita, ¿va a bajarse o no? —preguntó el chofer del taxi.
Celeste recuperó la compostura, respiró profundamente, pagó el taxi y empujó la puerta, corriendo hacia la entrada de la prisión bajo la gran lluvia.
La lluvia era tan fuerte que cuando llegó a la entrada de la cárcel, ya estaba completamente empapada.
Celeste le explicó al guardia de la prisión el motivo de su visita, pero el guardia la echó de inmediato, diciendo:
—¡Lárgate, lárgate, lárgate! ¿Crees que puedes ver a todo el mundo que