La sonrisa de Rodrigo se desvaneció al instante. Su expresión se endureció, pero no por rabia, sino por una culpa que le nubló la mirada. Dejó la taza sobre la mesa y dio un paso hacia mí, con una seriedad que me apretó el pecho.
—Alexandra, perdóname —dijo con voz grave, cargada de una honestidad que me desarmó . "De verdad... no quise lastimarte. Nunca fue esa mi intención".
Sostuve su mirada durante unos segundos que parecieron eternos. El perdón flotaba entre nosotros, pero no era gra