Kian rodeaba el cuerpo de aquella doncella mientras mantenía la mandíbula apretada.
—¿Por qué lo hiciste?
Su voz sonó tan gélida que Neim se estremeció y sollozó de temor.
—Alfa, yo no…
—Estoy conteniéndome Neim, no hago daño a las mujeres pero estoy a punto de destrozarte. Así que te aconsejo que hables.
—Me pagaron para hacerlo, Alfa.
Kian se detuvo en seco sintiendo cada vez más la rabia, la miró a la cara e ignoró el temor y el temblor de su cuerpo.
Sí, debería tener miedo porque iba a hace