Dana podía escuchar los pasos y risas al otro lado de la pared. Las charlas no paraban.
Todos estaban ajenos a lo que estaba sucediendo detrás de la pared.
—Kian… —su protesta sonó ahogada cuando los labios del macho se arrastraron por su cuello erizándole la piel.
Ella tuvo que morderse el labio inferior para no dejar salir aquel gemido que amenazaba con escapar de su boca.
—¿Recuerdas por qué me llaman monstruo, dulce Omega? Estuve en diferentes guerras, todas ellas las gané, puede haber hech