Capítulo 3
Punto de vista de Laila

Resultó que no tenía por qué preocuparme de nada de eso.

Su mirada pasó de largo. Vacía, despectiva.

Como si yo no fuera más que otro rostro entre los lobos. Una loba cualquiera invadiendo su espacio.

No me reconoció. Por supuesto que no.

Ya no era aquella joven loba.

Las puertas del ascensor comenzaron a cerrarse, y al fin mi cuerpo recordó cómo moverse.

Entré con las piernas temblorosas y me pegué a la pared del fondo, tan lejos de Jason como lo permitía el reducido espacio.

Su aroma me golpeó de inmediato: pino y cuero, entrelazados con esa ferocidad que solo un Alfa poseía. Me envolvió antes de que pudiera bloquearlo, y destrozó las defensas que había tardado seis años en construir.

Apreté la mandíbula y me obligué a respirar por la boca en lugar de por la nariz.

Nada de crisis. No ahí. No en el maldito ascensor de un hospital junto a él.

Miraba el teléfono, absorto por completo. Profesional, distante. Todo lo que siempre había sido.

El mismo lobo que había susurrado mi nombre en la oscuridad. El que me había hecho creer que yo valía la pena.

El mismo hombre que había dicho que yo no era nadie importante.

—¿Qué piso? —preguntó sin alzar la vista.

Su voz. Dios, su voz seguía siendo exactamente la misma, profunda e imponente, esa que antes conseguía acelerarme el pulso.

Pero que ahora solo lograba que deseara desaparecer.

—Tres, por favor —alcancé a decir. Las palabras sonaron más firmes de lo que me sentía.

Presionó el botón. Seguía sin mirarme de verdad. Apenas me dedicó un vistazo cortés, el tipo de mirada que se le daría a cualquier desconocido.

El teléfono sonó mientras el ascensor se sacudía hacia arriba, y contestó sin revisar el identificador de llamadas.

—¿Marcus? ¿Qué novedades tienes?

Se me encogió el estómago. Marcus, su Beta. Incluso después de seis años, ciertas cosas jamás cambiaban.

—Bien. ¿Entonces se aprobaron los documentos finales de la adquisición? —La voz de Jason resonó con claridad en el reducido espacio—. ¿El Hospital Mercy General es oficialmente nuestro ahora?

La sangre se me heló. Jason era el dueño de este hospital, el mismo donde mi cachorra estaba internada.

—Excelente. Esta expansión nos dará justo la ventaja médica que necesitamos. Tanto pacientes humanos como lobos bajo el mismo techo. —Hizo una pausa para escuchar—. Sí, ya estoy aquí para la inspección final. ¿La junta aceptó todas nuestras condiciones?

Cuando las puertas se abrieron en el área de pediatría, salí disparada.

—Asegúrate de programar una reunión con los administradores para mañana... —ordenó decir a Jason a mis espaldas al salir.

Por un instante, creí sentir su mirada clavada en mi nuca, pero al mirar sobre el hombro, ya se dirigía hacia las oficinas administrativas, con el teléfono aún pegado a la oreja.

Tras revisar a Ava una vez más, escapé a la cafetería por un expreso. Una bebida amarga a la que aferrarme mientras intentaba asimilar lo que acababa de ocurrir.

Me temblaban las manos al estudiar el mapa del hospital colgado en la pared, y se me cayó el alma a los pies al darme cuenta de dónde estábamos exactamente.

No solo «cerca» del territorio de los lobos. Justo en el límite. Lo bastante cerca de Moon Ridge como para que la aparición de Jason ahí ni siquiera resultara extraña.

Odié que todo tuviera sentido.

Por supuesto que expandiría su territorio. Desde luego que querría controlar las instalaciones médicas de la zona. Jason siempre había sido ambicioso. Siempre iba tres pasos por delante.

Y ahora su mundo volvía a colisionar con el mío.

Saqué el teléfono y me deslicé por la pantalla hasta dar con el número de Riley. Era la única de aquel viejo mundo con la que no había cortado lazos. La única a la que llamaría «amiga» en la manada de Jason.

Riley también había sido una loba de transformación tardía. En aquel entonces ambas éramos las marginadas de la escuela, y compartíamos secretos, sueños y esa soledad calada hasta los huesos que traía consigo el no pertenecer del todo a ningún lugar.

Aunque Riley no adoptó su forma de loba tan tarde como yo —lo hizo a los dieciséis—, mantuvimos una excelente relación después de eso.

Así que ella era la única alma que sabía que yo seguía con vida. La única que sabía que Vanessa Harper y Laila eran la misma loba.

—¿Riley? Soy yo.

—¡Nessa! —Su voz sonó cálida, familiar—. ¿Cómo está Ava? Sonabas preocupada en tu mensaje.

—Está estable por ahora. Quieren hacerle más análisis. —Me dejé caer en un cubículo apartado de la esquina y bajé la voz—. Escucha, ¿podemos vernos para una cena rápida? ¿En algún lugar cerca del hospital?

—Por supuesto. ¿Qué ocurre? Te noto extraña.

Cerré los ojos y me froté la frente con la palma de la mano.

—Hoy vi a Jason.

Silencio. Luego, una exhalación brusca.

—Mierda. ¿Te reconoció?

—No. Gracias a la diosa. —Mi risa careció de humor—. Pero, Riley... si él está aquí, si Moon Ridge tiene sus garras clavadas en este hospital... No quiero que nos encuentre, ni a mí ni a Ava. Complicaría demasiado las cosas.

—Lo has ocultado todo muy bien durante seis años. Puedes seguir haciéndolo —me interrumpió Riley, tajante, sin dar lugar a réplicas—. Y ahora eres Vanessa Harper, una loba de negocios, una madre y una guerrera implacable. No permitas que un fantasma te haga dudar de todo lo que has construido.

Su certeza fue una cuerda a la cual aferrarme.

Pensé en mi empresa, en los tratos que había cerrado, el respeto que me había ganado y la vida que forjé desde la nada.

—Hay un pequeño restaurante italiano, Marco's, a diez minutos de aquí. ¿A las siete?

—Ahí estaré. Y Nessa, no te atormentes. Todo está bien.

Al terminar la llamada, me quedé mirando el café hasta que se enfrió.

Durante seis años había sido Vanessa Harper. Seis años construyendo una vida que no tenía nada que ver con Jason Bradshaw.

Entonces, ¿por qué me bastó con verlo para volver a entrar en pánico?

Como si siguiera siendo aquella joven loba ingenua y no deseada de dieciocho años que creía que el amor podía conquistarlo todo. La misma que pensó que el hijo de un Alfa en verdad podría desear a alguien como ella.

* * *

Punto de vista en tercera persona

Jason permaneció junto al ventanal que daba al estacionamiento mientras aguardaba la llegada de Marcus. Distraído, no lograba dejar de pensar en la loba del ascensor. Algo en ella le inquietaba: la forma en que se había encogido contra la pared del fondo, la manera cautelosa con la que había evitado el contacto visual.

—¿Alfa? —Marcus se acercó a él—. ¿Los informes de personal?

Jason parpadeó, enfocándose de nuevo.

—Cierto. Lo siento.

El hospital ahora era suyo. Su manada acababa de adquirirlo a través de meses de cuidadosas negociaciones y maniobras financieras estratégicas.

Esa expansión representaba mucho más que simples ganancias: se trataba de progreso. La atención médica estaba evolucionando, y ofrecer servicios especializados tanto para humanos como para lobos le otorgaría a Moon Ridge la ventaja que necesitaba en un mundo cada vez más competitivo.

Y tal vez lo pondría en el camino de Vanessa Harper.

Aquel nombre tenía peso en su mundo. Cada Alfa con el que hablaba la mencionaba como si fuese intocable. El estándar de oro para los enlaces comerciales entre humanos y lobos.

Su reputación rayaba en lo mítico: cerraba tratos que nadie más lograba alcanzar y poseía conexiones que parecían imposibles.

Pero ella no aceptaba sus llamadas. Ni siquiera respondía a sus propuestas.

Meses de ofertas, todas ignoradas.

Había estado intentando expandir su negocio y deseaba involucrarse con los humanos. Llevaba tiempo buscando a esa especialista en comercio entre humanos y lobos, pero aún no lograba dar con ella.

Jason se sentía en parte frustrado, sin comprender por qué aquella loba se negaba a negociar.

—El personal humano se está adaptando bien —informó Marcus mientras avanzaban por el pabellón de pediatría—. Hubo algunas quejas sobre los horarios durante las lunas llenas, pero nada grave.

—Bien. ¿Y la instalación del equipo?

—Debería estar terminada la próxima semana. Las cámaras de sanación ya están operativas.

Jason asintió, aunque su mente ya divagaba en otro lugar. Volvía a centrarse en la terca especialista comercial y en lo que haría falta para quebrar la resistencia de Harper.

Al regresar a la casa de la manada más tarde, Marcus se demoró en la puerta de la oficina de Jason. Esa vacilación puso al líder en alerta al instante.

—¿Qué ocurre?

—Se trata de Laila.

El nombre fue un puñetazo directo al estómago. Incluso después de todos esos años, escucharlo le desgarraba algo en su interior.

Laila… la loba que se marchó sin decir una palabra.

Seis años atrás, frente a los padres de Jason, Brittany les había contado que Laila exigió cincuenta mil dólares antes de irse, afirmando que se los había ganado después de todo lo que había hecho por él.

—Dijo que no te sintieras culpable, que sabía desde el principio que solo se estaban utilizando mutuamente. Que le alegraba poder cobrar al fin. —Brittany había hecho una pausa para observar los rostros conmocionados de sus padres—. Fue bastante detallista sobre lo que incluían esos servicios.

Fue entonces cuando los padres de Jason se enteraron de que su hijo había estado involucrado en secreto con Laila durante más de un mes.

Él todavía recordaba las caras de sorpresa de sus padres y todas las preguntas que surgieron tras la inocente revelación de Brittany.

Durante los años siguientes, intentó no pensar en ella, pero su madre no dejaba de preguntarse si Laila estaría llevando una buena vida tras su partida.

Hacía poco, después de una cirugía mayor, su madre había expresado con claridad que quería encontrarse con su hija adoptiva una vez más; envejecía y temía morir antes de tener la oportunidad de volver a verla.

Por lo tanto, Jason emprendió la búsqueda de Laila. Resultó mucho más difícil de lo que había imaginado, pero al fin sus pesquisas habían desenterrado algo.

Marcus le tendió una carpeta. Su Beta le informó que tenía noticias sobre Laila.

A lo largo de los años, Jason había buscado cualquier rastro suyo.

—Dime.

El Beta titubeó antes de hablar.

—Sus registros terminan de forma abrupta hace seis años. Historiales médicos, empleos, seguro social... todo simplemente se detiene. —La voz de Marcus sonó lúgubre—. Los expedientes de Laila fueron cancelados por completo.

Jason apretó la mano sobre el escritorio.

—¿Qué significa eso?

Marcus lo miró a los ojos con dificultad.

—Sugiere que podría estar muerta.

Las palabras sacudieron a Jason hasta lo más profundo de su ser.

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