Punto de vista de Laila
Seis años después, me miré en el espejo del baño y no pude evitar detenerme. Me quedé contemplando mi reflejo.
La loba que veía en el espejo no se sentía como yo. Al menos no como la que solía conocer.
Incliné la cabeza, analizando cómo había cambiado mi rostro. La joven loba que huyó de la manada de Jason, aquella criatura pálida y esquelética que apenas podía mantenerse en pie, había quedado atrás hacía mucho tiempo.
¿Y este cuerpo de ahora? Tenía curvas en todos los lugares correctos y también era más fuerte. Mi piel irradiaba calidez, color; de verdad me veía viva. La gracia y el poder sobrenaturales que debieron llegar junto a mi loba a los catorce años por fin se habían manifestado.
Mi cabello ya no lucía ese rubio apagado y sin vida. Ahora lo llevaba teñido de un castaño chocolate que caía en ondas gruesas, moviéndose con una fluidez de otro mundo que jamás había tenido.
Me acerqué más al cristal, buscando algún rastro de mi antiguo ser, de la joven loba que estaba desesperada por la aprobación de Jason.
Estuve a punto de reír porque no logré encontrarla. Qué bien. Era mejor que permaneciera enterrada.
El punto de inflexión llegó después de Ava. Mi loba por fin apareció durante la semana posterior al parto, y me confesó que algo la había mantenido reprimida y encerrada antes de eso. El dolor y la desesperación de dar a luz a solas parecieron romper las cadenas que la retenían, liberándola para protegernos tanto a mí como a mi cachorra.
En ese instante algo despertó en mi interior. Comencé a sanar más rápido y mis sentidos se agudizaron. Mi cuerpo se transformó poco a poco en lo que siempre debió ser.
Y junto a esos cambios llegó un nuevo nombre. Laila murió la noche en que di a luz a Ava; Vanessa Harper tuvo que nacer en su lugar. Vanessa no era débil ni pequeña, era alguien que podía entrar a una habitación y hacer que todos escucharan.
Más importante aún, con el nuevo nombre, Jason y su manada jamás descubrirían mi secreto sobre Ava, incluso si de pronto les diera por buscarme.
Ava era mi cachorra y solo MÍA. No quería complicar las cosas.
Un golpe en la puerta me sacó de mis pensamientos.
—Adelante —dije.
Marcus asomó la cabeza mientras sostenía otro sobre de papel crema con caligrafía fluida: el mismísimo maldito remitente.
Jason.
Ni siquiera tuve que mirar. La manada de Jason no había dejado de enviar una propuesta tras otra, que yo apilaba como ladrillos en mi cajón.
—Archívalo —ordené sin parpadear.
Él cambió de postura, todavía plantado en el umbral.
—Pero, Vanessa, esto podría ser enorme. Moon Ridge tiene conexiones en todas partes...
—Dije que lo archives —lo interrumpí.
Mi tono no dejó fisuras por las que pudiera replicar. Se marchó, probablemente dándole vueltas al asunto durante todo el camino.
Me giré de nuevo hacia la computadora. Había pasado seis años viviendo en el mundo de los humanos para construir algo sólido, y el haber estado atrapada entre dos mundos me otorgó una perspectiva que nadie más poseía.
Los humanos querían productos de los lobos, y los lobos buscaban aquello en lo que los humanos se especializaban. Mi pequeña empresa era el puente entre ambos.
Todos deseaban trabajar con Vanessa Harper.
Todos, incluida la manada de Jason. Pero jamás permití que eso ocurriera.
Mi teléfono vibró sobre el escritorio. Era un mensaje de la escuela de Ava: «Es una emergencia. Por favor, venga de inmediato».
Tomé las llaves con el corazón ya acelerado. Para cuando llegué a la escuela, estaba preparada para lo peor.
La señora Henry me recibió en la puerta de la enfermería con semblante serio.
—Ava se desmayó durante el recreo. Ahora está estable, pero...
Pasé de largo para ver a mi cachorra recostada en la pequeña camilla, pálida e inmóvil. Abrió un poco los ojos al escuchar mi voz.
—¿Mami? Me mareé y todo se volvió oscuro…
Se me cerró la garganta.
—Está bien, mi vida. Mamá está aquí.
La señora Henry me llevó a un lado mientras la enfermera de la escuela revisaba los signos vitales de Ava.
—Esta no es la primera vez, Vanessa. Ha estado más cansada últimamente y es más pequeña que otros cachorros de su edad. Eso es inusual en las crías de lobos; por lo general, son más fuertes que los niños humanos.
Vaciló antes de continuar:
—Sé que esto es personal, pero... ¿has considerado que el padre de Ava podría tener respuestas? ¿Sobre su herencia, su salud?
Cada pregunta se sintió como una puñalada.
—El padre de Ava no forma parte de nuestras vidas.
—Lo comprendo. Es solo que... pregunta por él constantemente. Dibuja a un lobo de ojos verdes. Lo llama «el Alfa».
La sangre se me congeló. La señora Henry continuó explicándome los sueños de Ava sobre una casa grande en el bosque, detalles que ella no debería conocer.
Porque Ava estaba describiendo la casa de la manada de Jason.
Tras acomodar a mi hija en casa, llamé al sanador Martínez. Su asistente me informó que los resultados de los análisis de la semana pasada ya estaban listos.
El pecho se me oprimió antes de escuchar las noticias. La voz del sanador fue amable pero seria.
—Ava tiene una rara afección cardíaca congénita. Necesitará cirugía, y pronto. Debemos ingresarla en el Hospital Mercy General de inmediato para la preparación quirúrgica.
El trayecto hacia allá se me hizo eterno. Ava viajaba en el asiento trasero, callada pero alerta. En los últimos días hacía menos preguntas y se notaba más fatigada, lo que me asustaba más que cualquier otra cosa.
El hospital era impresionante; contaba con equipos de última generación. Era el mejor centro médico para lobos en la Costa Este y también era endiabladamente costoso. Sin embargo, mi cachorra valía cada centavo.
Nos registramos en la recepción. La asistente me explicó que el sanador Martínez quería realizarle un perfil completo: análisis de sangre, imágenes y todo lo necesario.
—¿Cuánto tiempo estaremos aquí? —pregunté.
—El sanador querrá mantenerla bajo observación. Probablemente una semana como mínimo antes de que podamos programar la cirugía.
Se me cayó el alma al suelo. Una semana de angustia y espera, y luego la intervención en sí.
Después de instalar a Ava en su habitación, bajé para encargarme del papeleo. Formularios de seguro, historiales médicos y contactos de emergencia; toda la burocracia que conllevaba una crisis.
Ya me encontraba exhausta, emocionalmente agotada de fingir que todo marchaba bien cuando en realidad nada lo estaba.
Las puertas del ascensor se abrieron en la planta baja. Avancé mientras pensaba en tomar un café y en cómo reorganizar mi agenda de trabajo.
Fue entonces cuando lo vi.
Jason Bradshaw.
Y el mundo se detuvo.
Seis años se desvanecieron como si nunca hubieran existido. Volvía a tener dieciocho, parada en el umbral de su casa con una prueba de embarazo oculta en el bolsillo y la esperanza sangrando desde el pecho.
¿Se acordaría de mí? ¿Qué diría? ¿Qué diría yo?