CAPÍTULO TREINTA Y NUEVE

Llevábamos tres horas buscando cuando lo vi entre los árboles: un almacén medio devorado por el bosque.

—Ahí —digo señalando.

Antonio mira hacia adelante entornando los ojos. —Abandonado. Quizás desde hace años.

Nos acercamos con cautela. El edificio se hace más grande a medida que acortamos la distancia, con sus paredes cubiertas de enredaderas y el techo hundido donde la naturaleza ha empezado a recuperar lo que los humanos dejaron atrás. Las puertas dobles cuelgan de bisagras oxidadas.

Dentro, el espacio es vasto y vacío; nuestros pasos resuenan contra el hormigón. Motas de polvo danzan en los rayos de luz que se filtran por los agujeros del techo. El aire huele a decadencia

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