CAPÍTULO CUARENTA Y TRES

No recuerdo el viaje de regreso. Mis piernas me llevan a través del bosque que se oscurece, las ramas me desgarran la ropa y la cara mientras me abro paso entre la maleza. Detrás de mí, oigo a los perseguidores: múltiples pasos, cuerpos chocando entre la maleza.

Me arden los pulmones, mis piernas protestan a gritos, pero el terror me da fuerzas. No puedo dejar que me atrapen. Tengo que decírselo a Antonio. Tengo que...

Algo me golpea de lado y me derriba. Caigo al suelo con fuerza, sin aliento. Antes de que pueda recuperarme, antes de siquiera pensar en transformarme, la oscuridad me envuelve por completo.

Me despierto con voces suaves y manos delicadas, el aroma familiar y reconfortante de mi familia. Abrí los ojos de golpe y me encontré en una habitación, con

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