Antes, sin importar cuán dolida estuviera, siempre lo esperaba pacientemente a que volviera. Él se había acostumbrado a eso. Todos a su alrededor decían que yo nunca podría dejarlo, y él lo creía firmemente.
Mientras me alejaba con mis maletas, escuché la dulce voz de Camila:
—Javier, llegaste —corrió hacia él, aferrándose a su brazo y pegándose a su cuerpo—. ¿Se te pasó la alergia?
Javier le apartó el cabello de la frente para examinarla con cuidado.
—Mucho mejor —sonrió Camila con dulzura—. Ja