La noche caía espesa sobre Moscú, tan oscura que parecía tragar los edificios y calles bajo su manto silencioso. El aire estaba impregnado de esa extraña calma que precede al caos, aunque nadie lo sabía aún.
Nikolai Volkov, como de costumbre, iba en su camioneta blindada, flanqueado por dos vehículos de seguridad. No era tonto, y mucho menos confiado. Desde que los rumores sobre Alessandro y los Petrov se habían intensificado, no salía sin al menos ocho hombres armados. Aun así, esa noche comet