Aguardó a que el conductor le abriera la portezuela y se apeó grácilmente con sus perfectos zapatos de charol. Antes de que yo abriera la mía, él ya había subido los tres escalones y tendía su abrigo al mayordomo, quien era evidente que había estado al tanto de su llegada.
Me derrumbé sobre el suave cuero del asiento para intentar digerir el nuevo dato que con tanta frialdad me había transmitido.
El pelo, el maquillaje, el cambio de programa, la consulta estresante de los dibujos, las botas de