La habitación 172, antes un espacio de angustiosa espera, ahora vibraba con una energía casi palpable. Las risas entrecortadas se mezclaban con susurros de ánimo y el brillo húmedo en los ojos de todos los presentes. Alex, recostado entre las almohadas, absorbía cada palabra, cada gesto, como un náufrago aferrándose a la orilla. Su cuerpo estaba débil, sí, pero el espíritu que Laura tanto admiraba comenzaba a desperezarse, alimentado por el torrente de afecto que lo envolvía.
"Parece que he mont