Sebastián no pudo dormir esa noche. El silencio de su lujosa habitación era abrumador, solo roto por el suave tic-tac del reloj en la mesa de noche. La ciudad, desde su ventana, parecía dormir tranquila, pero él sabía que la calma era engañosa. Su mente, que nunca solía descansar, estaba en constante movimiento, urdiendo estrategias, pensando en cada posible jugada, en cada posible traición. La figura de Javier, el amigo convertido en enemigo, no lo dejaba en paz. A lo largo de los años, Javier