Aitana respiraba con dificultad mientras se adentraba en las calles desiertas. La ciudad, normalmente llena de ruido y movimiento, ahora parecía un lugar ajeno, sombrío y vacío. Solo las luces de las farolas iluminaban su camino, creando sombras alargadas que se deslizaban a su paso. No había una dirección clara en su mente, solo una necesidad abrumadora de escapar, de alejarse lo más posible de todo lo que había conocido.
La adrenalina seguía corriendo por sus venas. En su mente solo había una