Sebastián no podía dejar de pensar en la llamada misteriosa. La voz distorsionada, aquella amenaza sutil y, a la vez, directa. Sabía que algo estaba a punto de estallar, pero no tenía claro si se encontraba ante una oportunidad o una trampa aún mayor. La única certeza que tenía era que el peligro estaba más cerca de lo que pensaba. La guerra había comenzado, y las reglas del juego habían cambiado.
La luz del día apenas comenzaba a filtrarse a través de las ventanas del despacho cuando Sebastián