Los invitados comenzaron a levantarse, las sillas raspando contra el piso de madera pulida, las conversaciones muriendo en susurros corteses. Yo me levanté con la intención de escapar, de subir a la habitación y buscar mi teléfono por enésima vez, de encontrar un momento a solas para pensar, para respirar lejos de la mirada gélida de Frederick. Pero Margaret se interpuso en mi camino antes de que pudiera dar tres pasos. Su sonrisa era tan falsa como los diamantes que centelleaban en sus orejas