No podía creer lo que estaba viendo. O más bien, lo que no estaba viendo. No importaba cuánto mirara la caja, el anillo no iba a aparecer mágicamente.
El alivio por las cartas se evaporó al instante, reemplazado por un frío punzante que me recorrió la espina dorsal.
—¡No puede ser! —chillé.
Con las cartas en mano, recorrí el laberinto de pasillos como si lo hubiera hecho unas mil veces, no me perdí y logré llegar al mostrador, donde el chico seguía viendo el partido de fútbol sin prestarle mu