Mundo ficciónIniciar sesión—Los sirvientes del castillo.
La voz de Kaelen volvió a imponerse sobre el silencio. Todos los humanos que aún permanecían de pie levantaron la cabeza. Muchos seguían temblando por la masacre que acababan de presenciar. El nuevo rey los observó con absoluta indiferencia. —Regresen a sus puestos de trabajo. Nadie se movió. Kaelen frunció ligeramente el ceño. —¿Acaso también desean morir? Aquello bastó para que varios reaccionaran. Comenzaron a inclinar la cabeza y a retirarse apresuradamente. —Y otra cosa. Todos se detuvieron. —Mientras desempeñen una función útil para este reino, conservarán el empleo. Sus ojos recorrieron lentamente a los presentes. —Pero más les vale demostrar que cada moneda que reciben de las arcas del reino está bien invertida. En menos de un minuto, el enorme salón quedó considerablemente más vacío. Mi mirada recorrió el reducido grupo que aún permanecíamos frente al trono. Me detuve brevemente en las candidatas que habían sido seleccionadas para convertirse en las nuevas amantes del rey. ¿Habíamos salido demasiado caras? Después de todo, cada una pertenecía a uno de los veinte Alfas del reino. Para comprarnos a todas tuvo que negociar con todos sus Alfas... o quizá no todos. Tal vez incluso mató a algunos y no necesitaba comprar la propiedad de un muerto. Deslicé la vista hacia la joven que provenía del territorio de Erik. No aparentaba más de veintidós años. Permanecía inmóvil, con la cabeza inclinada y las manos unidas frente al cuerpo, igual que el resto. Me pregunté vagamente si solo era otra humana desafortunada... o si Erik también la habría entrenado. No sería extraño. Jamás apostaba todo a una sola pieza. La voz de Kaelen volvió a llenar el salón. —Ahora... Su mirada se deslizó hacia el grupo de mujeres elegantemente vestidas que permanecían cerca del estrado. —Con respecto a las amantes de mi padre... Varias se estremecieron. —Den un paso al frente aquellas que le hayan dado cachorros. Hubo un instante de vacilación. Después, la mayoría avanzó lentamente. Solo dos permanecieron inmóviles en su sitio. Kaelen asintió una sola vez. —A ustedes se les asignará una residencia donde vivir junto a sus cachorros. Los hombros de varias se relajaron. Duró poco. —Ninguno de esos cachorros heredará el trono. Sus títulos quedan revocados desde este momento. Las sonrisas desaparecieron. —En cuanto a ustedes... Su voz continuó siendo igual de fría. —Se acabaron los privilegios. El reino dejará de mantenerlas. A partir de hoy serán responsables de conseguir un trabajo para alimentar a sus hijos y mantenerse ustedes mismas. Los primeros chillidos estallaron de inmediato. —¡Somos las madres de los hijos del rey! —¡No puede tratarnos así! Kaelen esperó pacientemente a que terminaran. Luego habló con la misma calma. —Si no están conformes con quedarse en este reino, siempre pueden regresar con los humanos... Algunas levantaron la vista con esperanza. Entonces él sonrió. Una sonrisa lenta. Cruel. —... Sin absolutamente nada. Todas sus joyas o cualquier regalo que les haya hecho el anterior rey será decomisado. Sus cachorros, por supuesto, permanecerán aquí... bajo mi cuidado. El silencio fue inmediato. —Tomaré cualquier palabra como una señal de que desean marcharse. Partirán hacia la frontera dentro de un minuto. Nadie volvió a abrir la boca. No sabía si aquello era amor maternal... o el simple miedo a perder todo aquello por lo que "trabajaron" acostándose con el rey. Tal vez ambas. Kaelen hizo un gesto. Los guardias comenzaron a escoltarlas hacia la salida. Las antiguas amantes abandonaron el salón sin el poder del que habían presumido durante años. Cuando las enormes puertas volvieron a cerrarse, solo quedábamos diecinueve candidatas que habían sido seleccionadas para reemplazarlas, las dos amantes que no le habían dado un hijo al rey... y yo.






