Capítulo 5.

Me quedé sola en aquella habitación durante quién sabía cuánto tiempo. Acostada sobre la cama, observé el techo de piedra sin verlo realmente.

No tenía idea de lo que había ocurrido en el castillo después de que sacaran a las candidatas a amantes del gran salón.

¿Habrían acabado con todos los nobles?

¿Habría escapado alguien?

¿Kaelen pensaba conservar el trono?

Suspiré.

Tampoco sabía si tendría intención de continuar con la absurda tradición de las amantes reales. Si decidía abolirla...

Mis posibilidades de acercarme a él desaparecerían.

Giré la cabeza hacia la puerta. Quizá todavía había una opción.

Podía solicitar una audiencia y pedir que comprara mi libertad al Alfa Daniel.

A cambio, me ofrecería para trabajar dentro del castillo.

Si seguía creyendo que yo era una espía, mejor aún. Tendría un motivo para mantenerme cerca mientras intentaba descubrir la verdad.

No era un buen plan, pero era el único que tenía.

Cerré los ojos.

Erik no era precisamente famoso por su paciencia.

Seis meses. Eso era todo el tiempo que me había concedido.

Conociéndolo, ni siquiera estaba segura de que pensara cumplir su palabra.

Bufé para mis adentros.

En el peor de los casos... Siempre podía presentarme frente al nuevo rey con la menor cantidad de ropa posible y ofrecerme como amante antes de que otra humana o loba ocupara mi lugar.

Y solo en caso de que ya estuviera emparejado, me ofrecería incluso a ayudar a que ambos pudieran encontrar más... placer.

La idea me revolvió el estómago.

Pero ya había aceptado hacía mucho tiempo que mi orgullo valía menos que mi venganza.

El chirrido del cerrojo interrumpió mis pensamientos.

La puerta se abrió y Zero apareció al otro lado.

Las ojeras bajo sus ojos eran más marcadas que la noche anterior. Parecía llevar despierto desde que habían tomado el castillo.

Me incorporé lentamente.

Él bajó la vista hacia el pergamino que sostenía entre las manos.

—Yelena... ¿cierto?

Asentí.

—Sí, su señoría.

—Sígueme.

Y eso hice. El lobo me llevó por el castillo y en minutos estuvimos ante una enorme puerta.

—Entra al salón del trono y espera indicaciones.

Las enormes puertas se abrieron frente a nosotros.

Entré. No era la única allí.

Habían reunido a muchas personas. Estaba casi segura de que los únicos lobos en el lugar eran aquellos que vigilaban las salidas y que los que temblaban en el centro eran humanos.

Caminé hacia el grupo.

Podía diferenciarlos por el uniforme: Sirvientes, cocineros, costureras...

Incluso varias de las mujeres que había visto desaparecer la noche anterior durante los interrogatorios. Seguían, al igual que yo, vistiendo los mismos vestidos escandalosamente reveladores de la noche anterior.

También estaban las amantes del rey. Ellas eran fáciles de identificar por las joyas alrededor de sus cuellos, muñecas, orejas... y las únicas que se mostraban más preocupadas que el resto.

Algunas lloraban. Otras se abrazaban entre sí.

Nadie entendía qué estaba ocurriendo.

Algunos lobos se cansaron de sus lloriqueos y gruñeron en nuestra dirección para que se callaran. Luego nos hicieron formar una larga fila frente al trono.

Esperamos varios minutos.

Entonces las puertas volvieron a abrirse. Todo el salón cayó en silencio.

Kaelen entró acompañado por varios lobos armados.

Su paso era tranquilo. Seguro. Como si aquel castillo siempre le hubiera pertenecido.

Subió los escalones del trono sin apresurarse y tomó asiento.

Recorrió el salón con la mirada. No parecía cansado. Parecía molesto.

—Durante demasiado tiempo —comenzó— el rey permitió que los humanos vivieran entre nosotros.

Nadie respondió.

—Y también aprovecharon cada oportunidad para vender información, robar y traicionar a esta corona. Desde hoy eso termina.

Kaelen levantó una mano.

No necesitó decir una sola palabra. Los lobos que habían entrado con él se movieron al mismo tiempo.

Durante un instante nadie entendió qué estaba ocurriendo.

Después comenzaron los gritos. Uno de los guardias sujetó del brazo a un anciano en una de las primeras filas. Por su ropa, yo diría que limpiaba los establos.

Otro arrastró a una cocinera que no dejaba de llorar. Un tercero levantó a un muchacho casi de mi edad como si no pesara nada.

Los separaron del resto.

Los hicieron arrodillarse frente al trono.

El pánico se propagó como un incendio.

—¡No! ¡Yo no hice nada!

—¡Por favor!

Una mujer intentó correr hacia el muchacho.

Un lobo la sujetó antes de que pudiera dar tres pasos.

Kaelen permaneció sentado.

Ni siquiera los miró.

—Ejecuten a los traidores.

Las garras descendieron casi al mismo tiempo. Los gritos cesaron de golpe. La sangre se extendió sobre el suelo de piedra.

Varias humanas comenzaron a llorar.

Otras vomitaron.

Yo permanecí inmóvil.

Había visto suficiente sangre como para saber que apartar la mirada no hacía desaparecer los cadáveres de tus pesadillas.

Solo entonces Kaelen volvió a hablar.

Como si nada hubiera ocurrido.

—Las candidatas a amantes...

Su mirada recorrió nuestro grupo.

—Las he comprado para que trabajen en este castillo.

Algunas dejaron escapar un suspiro de alivio. Otras incluso sonrieron.

Duró poco.

El murmullo comenzó de inmediato.

Kaelen gruñó.

El silencio regresó.

—Pero todos los humanos que no desempeñen una función realmente útil abandonarán este castillo antes del anochecer.

Su vista terminó deteniéndose en el pequeño grupo de amantes del anterior rey. Después habló.

—Y no —hizo una pausa—. Calentar la cama de nadie no cuenta como una habilidad.

Algunas ahogaron una exclamación.

Una rubia abrió la boca, ofendida.

Kaelen continuó como si no existiera.

Recorrió la fila con los ojos.

—Quien quiera quedarse en este castillo demostrará que sabe hacer algo más que sonreír.

Sentí cómo varias mujeres contenían el llanto.

Yo, en cambio... Sonreí por dentro.

Aquel hombre acababa de destruir mi plan.

Y, al mismo tiempo, de darme una oportunidad mucho mejor.

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