Emma observaba el pecho de Magnus subir y bajar.
Lento y constante.
Ese movimiento era lo único que la mantenía cuerda desde hacía dos días. Se sentaba al borde de la cama, contaba sus respiraciones, revisaba su temperatura, pasaba los dedos cerca de su cuello para sentir el pulso y volvía a empezar. Las heridas habían cerrado por completo. La piel estaba lisa, entera, sin marcas abiertas, sin sangre, sin rastro visible de lo que lo había dejado al borde de la muerte. Cualquier otra persona hab