MICHAEL
Han pasado ya cinco años desde aquel día inolvidable en que Raquel y yo nos juramos amor eterno, y mientras camino por el pasillo del jardín de infantes, escuchando el eco de las risas de mis hijos, no puedo evitar sentir cómo se me llena el corazón. Ellos me reciben con la misma energía que siempre han tenido, corriendo hacia mí con sus mochilas colgadas y sus pequeñas manos buscando la mía con confianza, con la seguridad de que papá siempre estará ahí. Sus sonrisas son contagiosas,