84.
MICHAEL
No duermo.
La noche avanza con una lentitud insoportable y yo sigo aquí, sentado en el borde de la cama que se siente demasiado grande sin Raquel, con los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas, mirando un punto fijo en la pared como si ahí pudiera encontrar respuestas. No cierro los ojos porque cada vez que lo hago vuelvo a verla: Sara de pie frente a mí, firme, desafiante, temblando apenas; sus palabras flotando entre nosotros como una sentencia absurda —bésame como