Ese fue el movimiento incorrecto. El cachorro, como si no reconociera a Sebastian en lo absoluto, dio una vuelta rápida y se escabulló de lado a lo largo del saliente, con sus patas resbalando en la roca mojada.
Estiré la mano y agarré a Sebastian por el hombro.
—¡Detente!
Sebastian se congeló y me miró.
—¿Qué hacemos? Está en pánico, no me reconoce...
—Yo me encargo —le entregué mi linterna.
—¿Qué?
—Confía en mí.
Me transformé en un instante. El pelaje de mi lobo se erizó ante el vien