Nos intercambiamos los anillos. Sus manos estaban firmes. Las mías no, él me las sujetó como siempre lo hacía, y luego me acunó el rostro y me besó, y el vínculo se abrió de par en par y ardió con tanta brillantez y calidez que escuché a Tegan soltar una risita, porque cada lobo a cincuenta yardas a la redonda debió de haberlo olido.
El pequeño círculo vitoreó. Bjorn dio un grito de alegría. Mi madre lloró más fuerte. Y debajo de todo eso, Gideon y yo nos quedamos muy quietos, sosteniéndonos