Perseo, cegado por la ira, anhelaba matarla con sus propias manos. Estaba frustrado por no poder transformarse, pues la conexión con su lobo se había desvanecido. Con un gesto rápido y preciso, colocó la fría hoja de la espada contra el delicado cuello de Eos.
—Tú no te apartas de este lugar. Soy tu verdugo, y pondré fin a esta oscura maldad —susurró con voz temblorosa, resonando el peso de la venganza en cada palabra.
—Deja de pronunciar necedades, cuñado. Ella es tu mate, tu luna, tu amor. Ti