Hunter Knoefel
Estaba impregnado de ella: de su olor, de su sabor, de su presencia. Una sola dosis de Maitê no era suficiente para mí. Intentaba contener mis pensamientos libidinosos para no asustarla, pero, mientras cenábamos, mi atención estaba atrapada en su boca. La imaginaba envolviendo mi polla con esos labios carnosos, llevándome al borde de la locura.
Mi mente no lograba apartarse de la idea de hacerla correrse hasta quedarse sin aliento, de hundirme dentro de ella y pasar la noche entera en su cuerpo caliente y entregado.
—¿Por qué me miras así? —preguntó, arqueando una ceja, desconfiada.
—Deseo… muchas ganas de ti. Pero, a diferencia de mí, tú no descansaste. Veo que estás a punto de quedarte dormida en la mesa —comenté, observando cómo sus ojos se cerraban lentamente.
—Es verdad… Me voy a mi habitación, a darme una ducha y descansar —dijo con un bostezo.
—Ni hablar. Esta es tu habitación ahora. Dúchate aquí mismo, ¿vale?
Soltó una risa deliciosa, levemente irónica.
—Mi ropa