Maitê Moreli
Hunter jadeaba frente a mí después de tirarme hacia él y acomodarme en su regazo. Nuestros rostros estaban tan cerca que podíamos sentir el aliento del otro.
—¿Una pesadilla? —pregunté.
—Creo que sí, pero la pesadilla se convirtió en un sueño —susurró, deslizando la mano desde mi rostro hasta mi nuca—. Y quiero que ese sueño se haga realidad.
El mundo a nuestro alrededor pareció enmudecer. No era el silencio incómodo de quien no sabe qué decir, sino esa quietud rara en la que el tiempo se suspende, invitándonos a olvidar todo lo que hay fuera.
Hunter me miró como si pidiera algo, incluso sin palabras. Respondí con el cuerpo, relajándome contra él mientras nuestras respiraciones se entrelazaban. No estaba segura de nada, salvo de su presencia allí, tan cercana, tan intensamente real.
Cuando sus dedos tocaron mi piel, sentí cada célula despertar. Miedo y valentía bailaban juntos en mi pecho. El primer beso llegó lento, calculado, pero el apretón de sus brazos revelaba