Maitê Moreli
Hunter me observaba en silencio, esperando la misma respuesta que ya le había dado tantas veces. Su semblante, tenso y hermético, mezclaba desconfianza y cólera: las cejas arqueadas, la mandíbula rígida, la mirada inquisitiva que me atravesaba como si quisiera arrancarme la verdad por la fuerza. No sabía si repetía la pregunta para cazar alguna contradicción o simplemente para torturarme, reviviendo un episodio que yo prefería enterrar.
—Ya te he contado que estuve enamorada de Edward —repetí, con la voz firme, aunque el corazón se me desbocaba—. Cualquier sentimiento positivo murió en el instante en que amenazó a mi madre.
Hunter bufó, golpeando levemente el respaldo del sillón.
—Pero no dudaste en huir con él, justo cuando te pedí ayuda para demostrar las fechorías de Edward —gruñó—. Preferiste acompañarlo en lugar de contármelo. ¿A quién protegías, Maitê, a tu madre o a él?
—¡Claro que no! —me exalté, sintiendo cómo el calor me subía al rostro—. Amenazaba a mi familia.