Maitê Moreli
¿Qué estaba haciendo? Nunca fui una chica fácil, pero estaba permitiendo que me manoseara los pechos, besara mi escote, apretara mis muslos y desabrochara mi blusa. Deseaba toda aquella lujuria, cada detalle, cada caricia… Mi cuerpo ardía, implorando por ello. Pero entonces tomé conciencia y dije:
—No —dije, empujándolo con firmeza.
Se apartó de encima de mí al instante y se sentó en el sofá, con una expresión seria y rígida.
—¿Ya te duele el saco? Porque a mí ahora me está palpitando, y la sensación no es nada agradable.
Las distintas facetas de Hunter me estaban agotando. Sabía que, a partir de ahí, entraría en modo imbécil.
—Tu intención es humillarme y hacerme sentir incómoda.
—¿Hacerte sentir incómoda? —cruzó los brazos y se plantó frente a mí, con el ceño fruncido, haciéndose el cínico—. Ah, la virgencita…
—Sí, virgen. No me he reservado para ser la aventura de nadie —dejé claro, firme.
—¿Tener una relación íntima con la mujer con la que uno está casado ahora se ha