Leo, vestido con un traje de diseñador, esperaba en la sala de juntas del Grupo Prado. Llevaba media hora allí, y el anfitrión no aparecía. Él, que era hiperactivo, empezaba a impacientarse. Sus ojos almendrados reflejaban su fastidio.
Alfredo Prado no estaba ocupado. Se había asomado a la sala de juntas, había visto a su visitante y había regresado tranquilamente a su oficina, para desconcierto de su secretaria.
Leo esperó un poco más y finalmente se hartó. Se levantó, se sacudió su largo pelo