El leve chirrido de la puerta interrumpió momentáneamente el silencio del despacho. Amaris alzó la vista.
Silvana entró con una bandeja entre las manos y una sonrisa suave que iluminaba su rostro. El aroma a pan recién horneado y té tibio se deslizó por la habitación con una calidez acogedora.
Al verla, Elliot, dejó el bolígrafo sobre la mesa y se puso de pie.
–Buenos días –dijo él, acercándose a ella.
–Buenos días, amor –respondió Silvana, levantándose ligeramente de puntas para besar su m