Mundo de ficçãoIniciar sessãoChloe se apoyó contra el mármol de los lavabos del baño de damas, respirando con dificultad. El eco de las risas de Amber aún resonaba en sus oídos, mezclándose con la imagen de Julian sosteniéndola por la cintura.
—Cálmate, Chloe. No pierdas la cabeza —se susurró a sí misma mientras abría el grifo.
Mojó sus muñecas con agua helada, tratando de bajar la temperatura de su cuerpo. Se miró al espejo y odió lo que vio: una mujer hermosa, pero con una mirada cargada de una incertidumbre que la hacía ver frágil. Ella no era así.
Ella era la hija de un hombre que había construido un imperio desde cero. Tenía que ser más fuerte que una simple duda sembrada por una asistente ambiciosa.
Estaba a punto de entrar en uno de los cubículos para tener un momento de privacidad total cuando escuchó la puerta principal del baño abrirse de nuevo. Varias voces femeninas entraron, acompañadas por el repiqueteo de tacones altos y el olor a cigarrillo y perfume barato.
Chloe, por instinto, se quedó inmóvil dentro del cubículo, sin cerrar el pestillo del todo. No quería hablar con nadie, mucho menos con empleadas que seguramente la saludarían con esa misma lástima que ya había detectado en el salón.
—¿Viste la cara de Chloe? —dijo una voz que reconoció como la de Sarah, de la recepción—. Estaba pálida. Parecía que iba a desmayarse en cualquier momento.
—Es que hay que ser muy descarada —respondió otra mujer, soltando una risita cínica—. Amber ni siquiera intenta ocultarlo ya. ¿Viste el vestido rojo? Es un mensaje directo. "Aquí mando yo".
Chloe sintió que el corazón se le subía a la garganta. Se quedó paralizada, conteniendo el aliento.
—Lo que me sorprende es que Julian se atreva a tanto en la gala de aniversario —continuó la primera voz.
—Pobre mujer —suspiró la segunda—. Tan elegante, tan perfecta, y su marido se la está comiendo viva con la secretaria en su propia oficina. Me pregunto cuánto tiempo más tardará en enterarse. O si es que prefiere hacerse la ciega para no perder el estatus.
—Yo creo que no sabe nada. La tienen en una burbuja. Julian es un experto manipulador, y Amber... bueno, Amber es una serpiente. Algún día esa burbuja va a explotar y no va a quedar nada de Chloe Miller.
Un silencio pesado cayó en el baño, solo roto por el sonido de un labial cerrándose.
Dentro del cubículo, el mundo de Chloe terminó de derrumbarse. Ya no eran sospechas. No eran inseguridades como Julian le había dicho.
Era una humillación, un secreto a voces que la convertía en el hazmerreír de su propia empresa. La rabia, una furia caliente y purificadora, comenzó a hervir en sus venas, reemplazando el dolor.
Sin pensarlo dos veces, Chloe empujó la puerta del cubículo con una fuerza que la hizo golpear violentamente contra la pared.
El estruendo hizo que las dos mujeres, que estaban frente al espejo retocándose el maquillaje, dieran un salto de terror. Sarah soltó su polvera, que se hizo añicos contra el suelo.
—¿Hacerse la ciega? —preguntó Chloe, saliendo del cubículo con paso firme. Su mirada era como el acero—. ¿Es eso lo que piensan de mí?
Las empleadas se pusieron pálidas. La arrogancia que mostraban hace un momento se transformó en pánico. Sarah intentó balbucear algo, pero no le salieron las palabras.
—S-Señora Harrison... nosotros no... —comenzó la otra, retrocediendo hasta chocar con la pared.
—¡Cállense! —gritó Chloe. El eco de su voz en el baño sonó imponente—. Llevo toda la noche aguantando miradas de lástima y susurros a mis espaldas. ¡Díganmelo a la cara! Si están tan seguras de lo que hace mi marido con su asistente, ¡díganmelo ahora mismo!
Chloe se acercó a ellas, acorralándolas. Su pecho subía y bajaba con violencia.
—Dijeron que estuvieron juntos en Nueva York. Dijeron que todos lo saben. ¡Hablen! —exigió Chloe, golpeando el mostrador con la palma de la mano.
Sarah empezó a temblar.
—Señora, son solo rumores... chismes de oficina. Usted sabe cómo es la gente de malintencionada. Nosotros no sabemos nada de verdad, solo repetimos lo que escuchamos...
—¿Ah, sí? —Chloe se rió, una risa amarga y carente de alegría—. Hace un momento sonaban muy seguras. Parecía que tenían pruebas de cada encuentro. ¡Díganme la verdad! ¿Julian me está engañando con Amber? ¡Contéstenme!
—¡No sabemos nada, de verdad! —chilló la otra empleada, al borde de las lágrimas—. Por favor, no nos meta en problemas. Solo somos empleadas, no queremos perder el trabajo. Fue una tontería, estábamos bromeando...
—¡Mentira! —rugó Chloe. La impotencia de ver cómo se retractaban por miedo la enfurecía aún más—. No estaban bromeando. Se estaban burlando de mí. Se estaban burlando de la mujer que les paga el sueldo mientras mi marido me apuñala por la espalda.
Las dos mujeres intercambiaron una mirada de desesperación y, aprovechando que Chloe se llevó una mano a la sien debido a un repentino mareo, se deslizaron hacia la salida.
—¡Lo sentimos, señora Harrison! ¡De verdad no sabemos nada! —gritaron antes de salir huyendo del baño como si hubieran visto a un fantasma.
Chloe se quedó sola en el baño, rodeada por el aroma de los perfumes caros y el desastre de la polvera rota en el suelo. El silencio que siguió fue hondo. Se miró las manos; le temblaban de forma incontrolable.
El mareo que había sentido hace un momento volvió con más fuerza. Se sostuvo del lavabo, sintiendo que el estómago se le revolvía. No era solo la rabia. Era algo más profundo, una debilidad física que nunca había experimentado.
“No puedo quedarme aquí. Tengo que enfrentar a Julian. Tengo que obligarlo a decirme la verdad delante de todos, así como todos se ríen de mí a sus espaldas.” Pensó.
Chloe se enderezó, se limpió una lágrima solitaria que amenazaba con arruinar su maquillaje y salió del baño con una determinación suicida. Ya no le importaba la gala, ni las acciones, ni las apariencias. Solo quería la verdad, aunque esa verdad terminara de incendiar lo que quedaba de su vida.
Caminó por el pasillo de regreso al salón, ignorando el sudor frío que recorría su espalda. Al llegar a la entrada principal, divisó a lo lejos el círculo de personas donde Julian y Amber seguían siendo el centro de atención.
La tormenta estaba a punto de estallar, y Chloe Harrison era el rayo que iba a partirlo todo a la mitad.







