Mundo ficciónIniciar sesiónChloe se quedó petrificada en su lugar, viendo cómo la espalda de su marido se alejaba junto a la mujer que, hasta hace cinco minutos, ella consideraba simplemente una empleada eficiente. El aire en el salón se sentía cada vez más escaso.
Podía sentir el calor de la vergüenza subiendo por su cuello, mientras los cuchicheos de los invitados formaban un ruido blanco que amenazaba con ensordecerla.
Intentó recuperar la compostura. Se obligó a respirar hondo, a erguir la espalda y a sostener su copa de cristal con una mano que no dejara ver su temblor. No llores aquí, se ordenó a sí misma.
Estaba a punto de dirigirse hacia la salida para tomar un poco de aire cuando una figura se interpuso en su camino. Amber había regresado. Julian ya no estaba con ella; seguramente se había ido a saludar a los accionistas, dejándola libre para terminar su trabajo de destrucción emocional.
—Oh, Chloe, querida... lo lamento tanto —dijo Amber, acercándose con una expresión de fingida preocupación que resultó ser más dolorosa que un insulto directo—. Julian a veces puede ser tan... brusco cuando está bajo presión. No debiste tomar a mal lo que viste.
Chloe la miró de arriba abajo, tratando de encontrar el rastro de la mujer que solía enviarle flores de parte de su marido en sus cumpleaños. Ahora solo veía a una depredadora.
—No necesito que me expliques el comportamiento de mi esposo, Amber —respondió Chloe —. Lo que necesito es que entiendas cuál es tu lugar en esta empresa. Y tocar a tu jefe de esa manera, definitivamente no es parte de tu descripción de cargo.
Amber no se inmutó. Al contrario, soltó una risita suave, y se acercó un poco más, invadiendo el espacio personal de Chloe. El aroma de su perfume, dulce y empalagoso, inundó los sentidos de Chloe.
—Tienes razón, lo siento —dijo Amber, aunque sus ojos brillaban con una luz burlona—. Es solo que hoy ha sido un día de locos. No tienes idea del caos que hubo antes de la gala. El traje que Julian mandó a pedir a Italia se retrasó en la aduana y él entró en una crisis total. Estaba furioso, gritando por toda la oficina.
Chloe parpadeó, confundida. Julian no le había mencionado nada de eso esa mañana.
—Como vi que estaba tan desesperado —continuó Amber, disfrutando de la atención de Chloe—, tuve que correr a la boutique de emergencia y conseguirle este esmoquin. Tuve que ayudarlo a vestirse a contrarreloj en su despacho privado para que llegara a tiempo a la alfombra roja. Por eso estábamos tan... cercanos. Estábamos celebrando que logramos salvar el evento. Julian se pone muy cariñoso cuando está agradecido, ya sabes cómo es de impulsivo.
Cada palabra de Amber era como un alfiler clavado en el pecho de Chloe. La imagen de su esposo a solas en su oficina con esta mujer, dejándose ayudar con la ropa, le revolvía el estómago. La intimidad que Amber describía era algo que Chloe no experimentaba con él desde hacía meses.
—¿Lo ayudaste a vestirse? —logró preguntar Chloe, sintiendo que su voz fallaba.
—¡Ay, Chloe! —Amber soltó una carcajada vibrante y le dio un toquecito juguetón en el hombro—. ¡No me digas que estás pensando mal! Por favor, no creerás que Julian y yo tenemos algo, ¿verdad? ¡Eso sería una locura! Somos amigos, compañeros de trabajo. Él te ama a ti, yo solo soy la que se asegura de que su vida no se caiga a pedazos mientras tú... bueno, mientras tú estás en casa.
Amber la miró fijamente, esperando una reacción. Chloe buscó rastro de mentira en su rostro, pero la asistente mantenía una coraza de inocencia perfecta.
—Fue solo una broma, tonta —añadió Amber, suavizando el tono—. No seas tan dramática. Si hubiera algo entre nosotros, no te lo estaría contando así de frente, ¿no crees? Relájate. Julian me ve como a una hermana.
Por un momento, Chloe quiso creerle. Necesitaba creerle. La idea de que su matrimonio de años fuera una mentira era demasiado aterradora para procesarla en medio de una fiesta llena de gente.
Quizás Amber solo era una mujer moderna, sin filtros, y Julian, en su estrés de CEO, simplemente se había apoyado en la persona que tenía más cerca.
“¿Será que mis inseguridades me están volviendo loca?”, pensó Chloe por un segundo.
—Supongo que tienes razón —murmuró Chloe, tratando de convencerse a sí misma—. Es solo que... la forma en que se miraban...
—Puros nervios por el éxito de la gala, te lo juro —insistió Amber con una sonrisa radiante—. Ahora, anda, ve con él. Dale un beso y demuéstrale que confías en él. A los hombres como Julian les agota tener que lidiar con esposas celosas.
Chloe asintió levemente, sintiéndose repentinamente pequeña y tonta. Amber le dio una última palmadita en el brazo y se alejó con un caminar elegante.
Sin embargo, en cuanto le dio la espalda, la sonrisa de la asistente se transformó en una mueca de desprecio absoluto. Amber se rió para sus adentros, disfrutando de lo fácil que era manipular a la princesita heredera.
Chloe se quedó allí, sola de nuevo. Sus sospechas se habían reducido un poco, amortiguadas por la lógica retorcida de Amber, pero el peso en su corazón no desaparecía. Necesitaba sentarse y un momento para ella.
—Solo necesito ir al baño, lavarme la cara y volver a salir —se dijo a sí misma.
Caminó por el pasillo lateral, buscando el área de descanso lejos del ruido de la orquesta. El pasillo estaba alfombrado, silenciando sus pasos. Al llegar a la puerta del baño de damas, se detuvo un momento para cerrar los ojos y contar hasta diez.
Estaba a punto de entrar cuando escuchó voces provenientes del interior. Eran empleadas de la empresa, y el tono de su conversación hizo que Chloe se congelara con la mano en el picaporte.
—Te digo que es obvio —decía una voz joven—. Julian ni siquiera trata de ocultarlo ya. ¿Viste cómo la miraba cuando Amber le arreglaba la corbata antes de entrar?
—Lo que no entiendo es cómo Chloe puede ser tan ciega —respondió otra voz con un tono de burla—. Todo el mundo en el piso 12 sabe que ese viaje de negocios a Chicago del mes pasado fue una luna de miel para Julian y la asistente. Se quedaron en la misma suite.
Chloe sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. El aire frío del aire acondicionado pareció congelar su sangre.
—Pobre —continuó la primera voz—. Ella cree que sigue siendo la reina de la empresa, pero Julian ya le puso la corona a otra. Amber es la que realmente manda ahora. Solo es cuestión de tiempo para que se deshaga de la esposa.
Chloe apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula. El rastro de duda que Amber había logrado sembrar se evaporó en un segundo, reemplazado por una furia ardiente y un dolor que le desgarraba el alma.
No era paranoia, ya no eran celos infundados. Era una realidad brutal y compartida por todos, excepto por ella.
Sintió un impulso eléctrico recorriéndole las venas. Ya no era la mujer vulnerable que buscaba consuelo; era una mujer traicionada que acababa de ser empujada al abismo.
Con un movimiento brusco, empujó la puerta del baño de par en par. Las mujeres dentro se sobresaltaron, mirando el espejo con los ojos desorbitados al ver el reflejo de la esposa del jefe parada detrás de ellas, con una expresión que prometía una tormenta de fuego.







