Mundo ficciónIniciar sesión
Chloe se miró una última vez en el espejo del tocador, ajustando con dedos temblorosos los aretes de diamantes que Julian le había regalado en su tercer aniversario.
El vestido de seda color esmeralda, de un corte impecable que resaltaba su figura delgada, se sentía como una segunda piel que intentaba protegerla de una inseguridad que no podía explicar. Había pasado semanas planeando cada detalle para esta noche.
No era una fiesta cualquiera; era el décimo aniversario de Miller & Co., el imperio que su padre había levantado con sudor y que ella, tras su muerte, había puesto en manos de su esposo, Julian, confiando ciegamente en él.
—Estás perfecta, Chloe —se susurró a sí misma, tratando de forzar una sonrisa —. Todo va a estar bien.
Últimamente, Julian era un extraño. Sus reuniones de emergencia terminaban de madrugada y su perfume habitual se mezclaba con notas de un aroma floral que ella no usaba.
Pero Chloe se decía que eran paranoias. Él estaba bajo mucha presión, o al menos eso quería creer ella.
Al bajar del auto frente al imponente centro de convenciones, los flashes de los fotógrafos la rodearon.
Ella caminó con la elegancia que se esperaba de la Primera Dama de la compañía, esperando encontrar a Julian en la alfombra roja, pero solo vio rostros desconocidos.
—¡Chloe! Qué sorpresa que hayas podido venir —una voz chillona y cargada de falsa amabilidad la detuvo de repente.
Era Amber, la asistente personal de Julian. La mujer lucía un vestido rojo carmesí, con un escote que dejaba poco a la imaginación y una confianza que rayaba en la insolencia.
—¿Sorpresa? Soy la esposa del CEO, Amber. Lo raro sería que no estuviera para celebrar el éxito de mi propia familia —respondió Chloe, manteniendo el tono firme a pesar de que la presencia de la asistente siempre la ponía de nervios.
Amber soltó una risita, acomodándose un mechón de pelo perfectamente peinado.
—Oh, claro. Es solo que Julian me comentó que habías estado un poco... indispuesta. Con tanto estrés en la oficina, él pensó que preferirías la paz de tu habitación. Sabes cómo es él, siempre tratando de cargar con todo para que tú no tengas que molestarte con los detalles.
Chloe frunció el ceño. ¿Julian le contaba a su asistente sobre su estado de ánimo o sus supuestas indisposiciones?
—Agradezco su preocupación, Amber, pero estoy perfectamente. Ahora, si me permites, voy a buscar a mi marido.
—Por supuesto —dijo Amber, dándole paso con un gesto exagerado—. Adelante. La noche apenas comienza y creo que hay muchas cosas que no has visto aún.
Al entrar al gran salón de baile, Chloe sintió un cambio inmediato en la temperatura. O quizás era el ambiente. El ruido de las risas y el chocar de las copas de cristal parecía amortiguarse cuando ella pasaba. No era la admiración habitual; era un silencio incómodo, un vacío que se abría a su paso.
—¿Es ella? —escuchó un murmullo agudo desde una mesa de empleados de marketing.
—Sí, la esposa. Dios, qué fuerte. ¿Cómo puede caminar así después de lo que todos sabemos? —respondió otra voz con una mezcla de burla y lástima.
Chloe apretó el bolso contra su costado, sintiendo que las palmas de sus manos empezaban a sudar. Siguió avanzando, buscando desesperadamente la figura alta y atlética de Julian. Saludó a un par de directivos, pero las conversaciones morían apenas ella se acercaba.
—¿Dónde está Julian, Mark? —le preguntó a uno de los socios más antiguos de su padre.
Mark evitó mirarla a los ojos, concentrándose intensamente en su copa de coñac.
—Eh... por ahí debe estar, Chloe. Cerca de la tarima principal. Escucha, si te sientes cansada, no tienes que quedarte hasta el final, ¿sabes? Nadie te juzgaría.
—¿Por qué todos me dicen lo mismo hoy? —interrogó Chloe, empezando a perder la paciencia—. Estoy en la fiesta de mi empresa, con mi esposo. No estoy cansada.
Caminó hacia la zona VIP, donde la luz de los candelabros de cristal creaba sombras alargadas. Su corazón latía con una fuerza dolorosa contra sus costillas.
Algo está mal, muy mal, se repetía su instinto. El aire estaba cargado de un secreto colectivo, una verdad que todos en ese salón de mil metros cuadrados conocían, excepto la mujer que había financiado la mitad de esa fiesta. Entonces, los vio.
Cerca de la enorme cristalera que daba a la ciudad, Julian estaba de pie, bebiendo de una copa de cristal tallado. Pero no estaba solo. Amber estaba allí de nuevo, pero la distancia profesional que debería existir entre un jefe y su secretaria se había evaporado por completo.
Amber tenía su mano apoyada con firmeza en el pecho de Julian, y él, lejos de apartarla, la rodeaba por la cintura con una mano que se hundía con posesión en la seda roja del vestido de la asistente. Se reían.
Julian le decía algo al oído que hizo que Amber echara la cabeza hacia atrás en una carcajada íntima, una carcajada que solo se comparte entre amantes.
Chloe sintió como si un balde de agua helada le cayera encima, paralizándole los pulmones. El ruido de la música se convirtió en un pitido agudo en sus oídos.
—¿Julian? —su voz fue un susurro, casi inaudible sobre el violonchelo que sonaba de fondo.
Julian se tensó. Ella vio cómo sus hombros se ponían rígidos antes de girarse. Al verla, sus ojos no mostraron arrepentimiento. Lo que Chloe vio en la mirada de su esposo fue una chispa de molestia, como si ella fuera una interrupción molesta en su agenda.
—Chloe. Te dije que no era necesario que vinieras —dijo él con voz metódica, sin soltar la cintura de Amber.
Amber, por su parte, ni siquiera intentó disimular. Al contrario, se acomodó más contra el costado de Julian y le dedicó a Chloe una sonrisa de pura malicia, una que decía claramente: "Él ya no es tuyo".
—Julian... ¿qué es esto? ¿Por qué la tocas así? —preguntó Chloe, sintiendo que las lágrimas empezaban a quemarle los ojos, aunque se obligó a no llorar allí mismo.
La humillación de ser observada por cientos de empleados era casi tan dolorosa como la traición misma.
—No hagas una escena, Chloe —siseó Julian, dando un paso hacia ella, pero manteniendo a Amber cerca—. Amber me estaba ayudando con los detalles del discurso. Estás imaginando cosas donde no las hay. No arruines la noche más importante del año con tus inseguridades.
Chloe miró a su alrededor. Varios empleados se habían detenido y observaban la escena con morbosidad.
Ella era la esposa legítima, la heredera, la mujer que lo amaba; y sin embargo, en ese momento, se sentía como una intrusa en su propio hogar, mientras la amante de su marido la miraba con lástima desde el refugio de los brazos de Julian.
—¿Inseguridades? —repitó ella con la voz temblando de rabia—. Te vi, Julian. Todos en esta sala lo están viendo.
—Estás viendo lo que quieres ver —respondió él, volviéndose hacia Amber como si Chloe ya no estuviera ahí—. Vamos, Amber, tenemos que subir al escenario para el brindis. Chloe, ve a buscar un poco de agua, te ves pálida.
Chloe se quedó allí, de pie en medio de la exuberancia, mientras su marido se alejaba con otra mujer. En ese instante, algo dentro de ella se quebró para siempre, pero en medio de ese dolor, una chispa de furia empezó a crecer. No se iría sin pelear.







