CAPÍTULO TREINTA Y OCHO

Al regresar, encontré a Erik esperándonos en la mesa de dulces. Estaba sentado con una expresión tranquila, sosteniendo los helados, pero su mirada se iluminó al vernos. Luna corrió hacia él con entusiasmo, abrazándolo mientras trataba de alcanzar su helado.

—¡Papá, huelo a flores! —exclamó Luna, oliéndose las mejillas y haciendo que Erik levantara una ceja; curioso.

—¿A flores? —preguntó mientras me dirigía una mirada divertida.

—Un poco de perfume nunca está de más —respondí, encogiéndome de
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