Valeria estaba cómodamente sentada en el escritorio auxiliar que Leonid le había asignado, analizando los costos de una transacción fallida de la cual ya había encontrado el error —que no era sistemático, por cierto— y lo estaba reparando. Llevaba su impecable traje de trabajo, el cabello recogido en una coleta profesional. Mantenía la espalda recta mientras estaba inmersa en la pantalla de su laptop, tecleando con una calma absoluta, como si el viaje a Múnich hubiera sido un simple recuerdo.
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