El hospital de Saint Jude, oculto en los suburbios de las afueras de Nueva York, no figuraba en las guías de excelencia médica, pero era el lugar perfecto para desaparecer. En la habitación 402, el aire olía a antiséptico y a una tensión que se podía cortar con un cuchillo. Anya Myers permanecía recostada, con el torso vendado y una cánula de oxígeno conectada a su nariz. Su rostro, aunque pálido, conservaba esa belleza afilada y peligrosa que la caracterizaba.
El doctor Hauser entró en la habi